lunes, 29 de octubre de 2012


CAMINO DE VERACRUZ. PEQUEÑOS DESCANSOS EN GUATEMALA Y CHIAPAS (MÉXICO)


Mujeres Mam (y una infiltrada)


En el triciclo fronterizo (y también cogió Carmen)
Cruzamos la frontera salvadoreño-guatemalteca sin mayores contratiempos, cambiamos dinero e intentamos coger un colectivo hacia Escuintla. Y digo intentamos porque lo vimos de lejos e incluso lo perseguimos con el triciclo que nos trasladó en el par de kilómetros que separan ambas fronteras, pero se nos escapó; así que una vez más estamos en un arcén con todas nuestras cosas a nuestro alrededor y sin saber muy bien cuál es el siguiente paso que debemos dar.
Decidimos seguir nuestro camino hacia el norte y para ello agarramos el único transporte colectivo que queda por salir hoy, y que nos llevará a Chiquimulilla, a medio camino de donde pensábamos llegar. Para movernos, debemos olvidar una de nuestras reglas no habladas de viaje, que es la de no viajar en autobuses de noche en un país en el que acabamos de entrar y todavía no conocemos, y menos cuando las referencias que tenemos lo desaconsejan.

Esta vez mereció la pena, pues durante gran parte del trayecto pudimos disfrutar del espectáculo de luces que miles (seguramente cientos de miles) de luciérnagas nos ofrecen desde los campos de cultivo que bordean la carretera por ambos lados. Nunca antes habíamos visto nada parecido. A lo largo de decenas de kilómetros estas luces se encendían y apagaban formando pequeñas constelaciones terrestres que, en ocasiones, estaban compuestas simultáneamente por cientos de puntos de luz.

Autobuses en la terminal de Quetzaltenango
Llegamos a Chiquimulilla y buscamos alojamiento entre las pensiones baratas que nos recomiendan donde nos deja el bus. Es sábado y es tarde, pero nos sorprende que en las tres que preguntamos nos digan que están completas. Sospechamos que nos boicotean y Carmen decide volver a la pensión Galicia, la primera en la que preguntamos y donde vimos multitud de habitaciones abiertas (y seguramente vacías), y presionar un poco a ver si nos alquilan algo.
La experiencia es un grado, y en esto de la presión Carmen ya tiene un máster, así que en pocos minutos estamos instalados en una habitación, la más cutre en la que hemos estado en todo el viaje -somieres reventados y parcheados con cartón, colchones rompeespaldas, obsolescencia endémica (no quiero ni pensar lo que habrán visto estas paredes) y pulgas o chinches-, aunque al menos no nos estafan y también es la más barata. Es lo que tiene no poder elegir…

Tras la negociación salimos a cenar y nos paramos en un puesto de carnitas a la brasa a una decenas de metros de la puerta de nuestro “hotel”. Pedimos, nos sentamos y, al momento, escuchamos un tiro a poca distancia en la dirección en la que íbamos antes de pararnos. Estampida general y la gente de la calle se mete en el local, aunque pronto regresa la normalidad. Estamos avisados acerca de esto. Al parecer, tanto en Guatemala como en Honduras los tiros son habituales y el personal camina con un arma al cinto como si tal cosa. Lo comprobamos en este mismo momento, cuando ojeamos un periódico local repleto de noticias de tiroteos, agresiones con arma blanca (machetes sobre todo) y asesinatos, y más tarde cuando vemos a gente común con una pistola en el cinturón. Muy tranquilizador, pero tendremos cuidado.

Catedral de Quetzaltenango
Por la mañana seguimos nuestro camino, y tardamos prácticamente todo el día para recorrer los 200 o 300 kilómetros que nos separan de Quetzaltenango, ciudad a la que llegamos ya de noche acompañados de un torrencial aguacero. En el trayecto hasta el hotel más cercano, nos calamos hasta los huesos, pero afortunadamente el sitio es todo un lujo en comparación con el de ayer (tres camas estupendas, baño y tele privados, agua caliente, internet), y conseguimos un buen precio para las siguientes tres noches que nos quedaremos aquí.  


Sahara y Ali, una de sus amigas en el hotel

Nuestro principal objetivo es descansar un poco y reponer fuerzas antes de continuar camino, ya que estas etapas en autobús se hacen un poco duras y bastante largas, y todavía nos quedan algunas por delante.
 Además, en el hotel hay un par de niñas con las que Sahara hace muy buenas migas.




Mujeres charlando en la calle


Quetzaltenango es una ciudad de montaña de las tierras altas con una fuerte presencia indígena, principalmente de las etnias K´iché y Mam, cuyos representantes aportan una nota de color a estas calles con sus vestimentas tradicionales. También es la segunda ciudad más importante del país, pero en los pocos días que pasamos en Xela (como también se conoce a Quetzaltenango) no lo notamos en absoluto, aunque tampoco es que nos movamos demasiado de las cercanías de nuestro alojamiento, muy bien situado en el centro de la ciudad.





Carmen y Sahara asomados a la ventanilla de nuestro autobús
El día 2 de octubre hacemos una excursión a la laguna Chicabal, situada dentro del cráter del mismo nombre y lugar sagrado en la cosmovisión Maya-Mam. Para llegar, salimos en un autobús hacia San Martín Sacatepéquez o Chile Verde, a unos 25 kms de Xela, pero a más de una hora en transporte público. A medida que nos vamos acercando (y se va haciendo más tarde), el cielo se va encapotando y el día luminoso que teníamos se oscurece poco a poco.



Vistiendo a la invitada a la manera tradicional

Llegamos a Chile Verde y comenzamos a caminar ladera arriba hacia la laguna, a pesar de que el cráter ya se ve totalmente cubierto por la niebla. De camino, nos acercamos a pedir permiso para hacer una foto a una chica en la puerta de su casa, y una cosa lleva a la otra, de forma que terminamos dentro de la casa compartiendo una comida con toda la familia, no sin antes retratarlas y retratarnos con ellas, ver como elaboran sus huipiles con un telar tradicional y dejar que vistan a Carmen con sus ropas típicas (algo que ya se está convirtiendo en una costumbre en algunos de nuestros viajes).




María tejiendo un huipil

Mientras estamos en esta casa comienza la lluvia, de forma que al final ni siquiera intentamos la ascensión hasta la laguna, pero aprovechamos la estancia con nuestras nuevas amigas hasta que decidimos volver a Quetzaltenango después de nuestro frustrado paseo y de este tímido acercamiento a la cultura local.



Permanecemos en la ciudad una noche más antes de seguir nuestro viaje camino de otra frontera, esta vez la mexicana. Una vez más el trayecto, aunque no muy largo, dura todo el día, ya que llegamos a San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, ya cerca de la medianoche.
Mujer indígena en Chiapas
Nueva parada técnica de un par de noches en la ciudad antes de seguir hacia Veracruz. Entre algún pequeño paseo por el pueblo, muy agradable por cierto, conocemos a alguna gente de Pronatura en el sur (nosotros nos dirigimos a colaborar con Pronatura Veracruz) y Carmen sale nuestra última mañana  a ver pájaros con ellos en una pequeña reserva cerca de esta ciudad, en la que vio un buen número de especies nuevas, entre ellos varias parvadas (bandadas) de paseriformes migratorios.

Salimos en otro autobús hacia nuestro siguiente destino, aunque tendremos que hacer un transbordo en el camino, ya cerca de nuestra meta. Hacemos esto ya que el precio del autobús directo es de más del doble que el que nos dejará en La Tinaja para coger otro transporte hasta Veracruz, así que nos resignamos a esperar casi tres horas para coger nuestro enlace desde que llegamos a La Tinaja de madrugada. 



Calle de Xela, con un volcán al fondo y la catedral a la izquierda

Mujer Mam en las calles de Xela

Mercado

Terminal de autobuses

Vistiendo a Carmen con ropas tradicionales


"Mujer Mam" 

María se quiso fotografiar conmigo

Y Carmen también

Risas probando los prismáticos 

La pequeña de la familia

Erik de Pronatura, con San Cristobal de las Casas al fondo

Niñas indígenas en Chiapas

viernes, 19 de octubre de 2012


EL SALVADOR. EN TIERRA DE MARAS. 23-29/09/12


Panorámica del Parque Nacional Los Volcanes, con el cráter del volcán Izalco en primer término, a la izquierda,
el volcán Cerro Verde cubierto de vegetación y el volcán Santa Ana entre las nubes

Salimos de Somoto y nos dirigimos a la frontera con Honduras, país que cruzaremos rápidamente por una estrecha franja del suroeste que linda con el océano pacífico, y que dejaremos pendiente para conocerlo en profundidad durante el viaje de vuelta hacia el sur dentro de unos meses. A pesar de esta decisión y debido a la lentitud de los transportes y a la falta de un enlace que nos convenga, nos quedamos a pasar la noche del 22 de septiembre en Choluteca, antes de continuar camino al día siguiente. Aunque algunas referencias que tenemos sobre el país destacan la violencia y la sensación de inseguridad, la gente y el ambiente con los que nos encontramos son igual de agradables que hasta ahora. También tenemos buenas referencias de otros viajeros… Ya veremos a la vuelta que tal nos trata este país centroamericano casi desconocido para el turismo de masas.

De momento, cruzamos otra frontera y entramos en El Salvador.


La fama de este país es tan nefasta, que en un principio no estaba incluido en nuestros planes de viaje, debido tanto a la inseguridad de la que nos hablaron (dicen que es uno de los países más peligrosos del mundo) como a la deforestación a la que ha sido sometido durante décadas. Pero al final consideramos que si nuestro viaje consistía en conocer en profundidad la región central del continente americano, no podíamos dejar de visitar ninguno de los estados que la conforman, al menos durante unos pocos días.


Desde el primer momento en que pusimos el pie en El Salvador, todo el mundo nos comienza a hablar del peligro que corremos, de que tengamos mucho cuidado, de que la violencia está muy extendida, etc. En fin, que empiezan a ponernos algo nerviosos (aunque hay que reconocer que, de momento, no demasiado, veremos que tal nos va…).

Nuestra primera parada es forzosa. Llegamos a San Miguel y no hay un autobús que vaya en la dirección que llevamos. Todo el mundo en la calle nos aconseja que busquemos un alojamiento cuanto antes y nos metamos en él hasta mañana por el día, así que eso es lo que hacemos.

Sahara y el volcán Izalco
Quiso el destino que el alojamiento más cercano que nos recomiendan sea un automotel, y que esté unos kilómetros a las afueras del pueblo. Este tipo de alojamiento, que la gente usa por horas, consta de un garaje en el que aparcas tu coche y desde el que por una puerta accedes a una habitación con todas las comodidades (tele por cable, ducha gigante, aire acondicionado…). Muy curioso, pero la verdad es que es muy económico, aunque con la desventaja de que debemos abandonarlo a las siete de la mañana.

El destino también quiso que no hayamos previsto el tema de la cena y que a partir del anochecer ya no haya buses para moverse hasta el centro urbano, así que me toca patearme un par de kilómetros de ida y otro tanto de vuelta para conseguir alimento para mi familia (en plan cazador recolector, enfrentándome a los peligros de mi entorno).

Evidentemente no pasa nada y llego sin novedades con la comida a mi habitación.

El motivo de todo este nerviosismo, que veremos durante toda nuestra estancia en El Salvador, es debido principalmente a la existencia de las Maras y su control sobre el territorio.
Las Maras son grupos o bandas muy violentos, con una gran presencia en el país, aunque se originaron en los Estados Unidos. Se dedican principalmente a la extorsión y el cobro de “impuestos” a determinados negocios, aunque otras de sus actividades incluyen el robo o los asesinatos a sueldo. Los integrantes de las Maras deben pasar por unos duros ritos de iniciación para poder pertenecer a una de estas bandas, soportando crueles palizas del resto de los integrantes de la pandilla o, en ocasiones, teniendo que cometer un asesinato para demostrar su fidelidad. Una vez dentro, la pertenencia es de por vida, “se vive para la mara y se muere para la mara”. Una de las señas de identidad de los integrantes de estas bandas son lo grandes tatuajes, con el nombre de la Mara, de su líder, números y otros símbolos. Nos sorprende mucho que nos digan que hasta un 60% de la población puede pertenecer a una de estas organizaciones. También nos cuesta creerlo.


Al día siguiente continuamos viaje hasta la playa del Tunco, cerca de La Libertad, en la costa central del país, llamada Costa del Bálsamo por la presencia de grandes árboles de bálsamo. Aquí solo pensamos hacer una pequeña parada, que se alarga hasta las tres noches, pues nuestro pequeño alojamiento es muy agradable, además de económico, y disponemos de piscina, varios salones con tele por cable, sala de hamacas e internet a solo 200 metros de la playa. 
Aprovechamos para bañarnos a menudo y seguir con las clases de natación de Sahara, pero sobre todo, para jugar mucho con las olas de esta playa, destino de gran cantidad de surfistas. Aquí, igual que en todo El Salvador, todos los negocios cuentan con guardia de seguridad, que pasa la noche vigilando acompañado normalmente de una recortada de repetición, algo a lo que nos iremos acostumbrando poco a poco.

Vistas desde el mirador del P.N. Walter T. Deininger


Murciélagos Pteronotus gymnonotus (el de color rojizo,
insectívoro) y Artibeus jamaicensis, frugívoro.

A poca distancia en autobús, se encuentra el Parque Nacional Walter Deininger, en el que pasamos una mañana. Aunque vimos algunos pájaros y rastros de mamíferos (nos dicen que se puede ver la taira Eira barbara con relativa facilidad), lo más provechoso para nosotros fue la visita a la cueva que está a pocos metros de la entrada, en la que pudimos observar al menos cuatro especies de murciélagos, y la vista del bosque desde arriba obtenida en el mirador del parque.



Volcán Cerro Verde y detrás el Santa Ana entre niebla, vistos desde la cumbre del volcán Izalco

Nuestro siguiente objetivo nos lleva a Sonsonate, desde donde visitamos el Parque Nacional Cerro Verde o de Los Volcanes, uno de los que tiene una mayor espectacularidad en cuanto a las vistas que se pueden obtener desde la cima de alguno de los tres volcanes que lo forman, el Santa Ana, el Cerro Verde y el Izalco.
Este parque dispone de un servicio de guías, los cuales son obligatorios (al igual que en los otros parques en los que hemos estado, está prohibido caminar solo por los senderos), y ofrece ascensiones hasta la cumbre de los volcanes Santa Ana e Izalco, ya que al volcán Cerro Verde, donde se encuentra la administración del parque, se sube en coche. En nuestro caso, llegamos aquí haciendo raid desde la parada de autobús, unos ocho kilómetros más abajo.

Cráter del volcán Izalco, donde se pueden ver fumarolas a la derecha 

Decido subir al volcán Izalco mientras Carmen y Sahara exploran los senderos más accesibles, y tengo que compartir mi excursión con un grupo de estudiantes de secundaria que están visitando el parque. También nos acompañan un policía y tres o cuatro militares armados, “por seguridad”, que nos indican por el mismo motivo que nadie se separe del grupo ni se quede rezagado y que si por cualquier motivo alguien tiene que regresar, todo el grupo regresaría.

La caminata es dura, sobre todo por la velocidad de la marcha, y en unos ocho kilómetros, descendemos un desnivel de 1.300 metros por una ladera en la que se han excavado 1.430 peldaños, ascendemos 1.200 metros por terreno volcánico de piedra suelta y regresamos por el mismo camino después de un corto descanso en el que aprovecho para circunvalar el cráter y acercarme a las fumarolas. Todo en poco más de tres horas, ni que fuera una carrera…

De todas formas, y a pesar del jaleo y la falta de respeto hacia el entorno de la pandilla de estudiantes (sorprendentemente subieron unos 25), las vistas desde la cima y el propio cráter del volcán merecieron la pena.

Para regresar a Sonsonate, conseguimos que uno de los autobuses de la excursión escolar nos acercara a un lugar donde agarrar con facilidad el transporte hasta el pueblo, así que todavía compartimos unos instantes más con la jauría de adolescentes que tanta simpatía me causaron durante la caminata.

Parque Nacional El Imposible, visto desde la cumbre del Cerro León

Nuestra última parada en El Salvador es el Parque Nacional El Imposible, famoso por ser el mejor conservado de este pequeño estado. Esta vez nos dirigimos allí con todas nuestras cosas, aunque una vez más se nos complicó la cosa más de lo normal. Llegamos a Cara Sucia, donde debemos encontrar el único bus que va hasta la puerta del parque todos los días a las 11:00, pero en Cara Sucia están celebrando el día de la independencia de la patria, y las carreteras están cortadas por un interminable y bastante patético desfile de bandas de estudiantes tocando y bailando observados por toda la población. Nos toca ir de un lado a otro preguntando donde podemos coger el bus, y algunos nos dicen que no hay, otros que para el norte, otros que para el sur…al final lo esperamos en las afueras del pueblo y conseguimos subirnos casi a las 13:00, un par de horas más tarde de lo que pensábamos.

Llegamos a las oficinas del parque, abonamos nuestra entrada y el derecho de acampada, pedimos que nos custodien las mochilas hasta que nos vayamos, y quedamos para mañana temprano con el guía que nos viene a recibir en cuanto nos ve de lejos y que, una vez más, es obligatorio para caminar por los senderos, aunque hay que pagarle diez dólares por sus servicios.

Mantis religiosa
Nos instalamos en el área de acampada y nos pasamos por el forro la ridícula normativa, yéndonos a dar un paseo antes de que se haga de noche, con la suerte de poder observar un armadillo de nueve bandas (Dasypus novemcinctus) antes de que anochezca.  

Por la mañana llega César, nuestro guía, y nos vamos a hacer uno de los senderos más largos del parque, en el que obtendremos buenas vistas de hasta el 90% de su superficie, además de buenas oportunidades de ver parte de su fauna más representativa.

Caminamos toda la mañana por dentro del bosque, del que obtenemos una buena perspectiva desde el Cerro León, punto más alto de este Parque Nacional, y vemos media docena de especies nuevas, entre las que destacaría un trogón (Trogon elegans) y un tucán (Aulacorhynchus prasinus) alimentándose de pequeños frutos. Llegamos a mediodía a nuestro campamento, lo recogemos y alcanzamos a agarrar el autobús que nos devolverá a Cara Sucia para, desde ahí, dirigirnos a la frontera con Guatemala, donde entraremos por la tarde, siempre camino de México. 


Playa El Tunco

                                                              P.N. Walter T. Deininger:


Murciélagos sin identificar:


Huellas de taira

P.N. Los Volcanes:








Ranas en el P.N. El Imposible:



Caminando en El Imposible

Algunos vídeos de juegos en la playa:
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jueves, 11 de octubre de 2012


GRANADA Y EL CAÑON DE SOMOTO, UNA AVENTURA FLUVIAL


Vista del Cañón de Somoto desde nuestro campamento en la parte alta


Iglesia de Guadalupe

Tras el espectáculo de las tortugas, nos dirigimos (cómo no, en un bus que sale de aquí a horas intempestivas, casi antes de la amanecida) a la ciudad de Granada, la primera fundada como tal en el continente americano, a orillas del Lago Nicaragua.




Convento de San Francisco

Aunque nos quedamos en la ciudad un par de noches, solo damos unos paseos cortos, aunque suficientes para ver gran parte de los edificios históricos que alberga.
Por ejemplo, la iglesia de Guadalupe, último bastión de resistencia del pirata William Walker; o la iglesia y convento de San francisco, que inició su historia como convento, luego fue ocupada por la orden franciscana y quemada por piratas antes de cobijarlos en su interior como cuartel general. 



Cúpulas de la Catedral con el volcán Mombacho al fondo


Agarramos más buses para llegar a Somoto, no sin dificultades. Resulta que el autobús que pudimos alcanzar a coger en Managua, no llega hasta el pueblo, sino que se queda en un cruce a unos diez kilómetros, ya que se desvía hacia Ozogoche, cerca de una de las fronteras con Honduras. No hay problema, ya que al vendernos el billete nos aseguran que hay otro autobús, haremos un transbordo y llegaremos al pueblo de Somoto en unas tres horas desde aquí. Ya en nuestros asientos, nos aclaran que no hay bus, pero que siempre hay taxis esperando para recoger a la gente que llega en este transporte (sobre las ocho de la noche) y llevarlos al centro urbano. Esta historia nos suena conocida, y no siempre acaba bien…

Interior del cañón
Cuando llegamos al citado cruce, es noche cerrada, no hay taxis ni nada que se la parezca (de hecho no se ve un alma) y el cruce está en medio de la nada, a orillas de la carretera Panamericana. Nos “arrojan” al arcén con el tranquilizador consejo de que hagamos raid (que es como se llama aquí a hacer dedo) y no tendremos problemas para que nos lleven, ya que este puede ser un lugar algo peligroso. Un plan estupendo.
Instalados a orillas del asfalto con todos nuestros bártulos, contemplamos durante unos minutos como no pasa casi nadie por este lugar, y los que pasan lo hacen en dirección contraria a la que nosotros llevamos. Además Sahara, que venía durmiendo en el autobús, dice que no puede más y que se quiere acostar donde sea, así que empezamos a plantearnos el montar la tienda en una marquesina a pié de carretera donde estaremos algo más protegidos hasta mañana. Cuando estamos a punto de empezar a instalar el campamento, aparece una camioneta de obras que va en nuestra misma dirección, abordamos a sus ocupantes y conseguimos que nos lleven hasta la civilización. Por cierto, nos comentan que este lugar es muy peligroso y que no era muy buena idea quedarnos a pasar la noche, aunque nosotros creemos que aquí difícilmente podría pasar algo, tanto bueno como malo, pues está más que muerto. Quién sabe…

Caminando por el cañón

Esto no se acaba tan fácilmente, y por la mañana, antes de poder dirigirnos hacia el cañón, tenemos que cambiarnos de alojamiento y negociar hasta conseguir una rebaja de más del 50% en otro hotel (algo que, la verdad, no costó demasiado). Esto es debido a que en el que hemos pernoctado no cuidan de nuestras mochilas mientras nos quedamos en el cañón que venimos a conocer, pues como de costumbre, no necesitamos llevar todas nuestras cosas al campo. La verdad es que tenemos que reconocer que el cambio ha sido para mejor…

Por fin llegamos al Cañón de Somoto, también conocido por los lugareños como "La Estrechura" o "Namancabre", un lugar que nos recomendó Nony, el israelita que conocimos en Corcovado y que vive cerca de aquí, en Estelí. Este cañón, con fama de espectacular, fue “descubierto” para el gran público hace tan solo siete u ocho años, por una partida de investigadores que buscaban el nacimiento del río Coco y que se encontraron con este inesperado tramo de paredones verticales de una gran presencia escénica.

Ya mientras esperábamos en la parada de buses de Somoto para ir a la aldea del Valle de Sonís, donde se encuentra la entrada del cañón, nos aborda un guía ofreciendo sus servicios para bajar por el cauce, única manera de conocerlo según él. Declinamos su oferta pero nos quedamos con su nombre y su teléfono por si cambiamos de opinión en los próximos días.
Montando el campamento
Más guías nos ofrecen el tour en el autobús, en la parada en la que nos bajamos y, por supuesto, en la caseta de información donde abonamos nuestra simbólica cuota de ingreso. Decimos que no a todos, pero sacamos alguna información acerca de la Reserva Natural Tepesomoto-Pataste en la que estamos, sus alrededores, la fauna que alberga y los posibles lugares para acampar. También vemos un par de mapas y comprobamos que realmente es mejor hacerse acompañar por alguien de la zona para conocer el cañón desde dentro de forma segura.


Este primer día cruzamos el río y nos vamos a la parte alta del cañón, donde hay varios miradores acondicionados para disfrutar las vistas desde arriba. Todos tienen techo y suelo de tablas, y nos instalamos para pasar la noche en el segundo de ellos, más amplio y refugiado en caso de lluvia.

Cocina campestre

Hacemos una buena fogata en la que cocinamos nuestra cena y, aprovechando que en esta zona hay presencia de coyotes (Canis latrans), me hago un par de sesiones de aullidos simulados, técnica que nos ha funcionado en gran número de ocasiones con lobos (C. lupus) y chacales (C. aureus). Esta vez no hay suerte, pero ya sentimos algo de satisfacción solo con el hecho de poder aullar, de que los cánidos están por aquí y de que podemos intentar verlos.

También hacemos una espera corta antes de que anochezca, pero con idénticos resultados que los aullidos.


Listos para empezar
A la mañana siguiente, nos dirigimos a la casa de Bayardo, el primer guía que nos entró ayer y que nos hacía un buen precio por bajar el cañón con él. No está. Lógicamente no se creyó del todo la historia de que le llamaríamos y se ha ido a buscar turistas al pueblo de Somoto. Le llaman y enseguida está listo para acompañarnos, así que cogemos los bañadores, unos chalecos salvavidas y unos zapatos viejos y nos ponemos en marcha.

Desmodus rotundus

De camino, Bayardo nos comenta acerca de una cueva en la que se refugian bastantes murciélagos, e incluso que la última vez que la visitó, hace ya algún tiempo, vio una boa acechándolos. Instantáneamente decidimos que hay que verla, así que cortamos monte a través directamente hacia el cauce y luego escalamos un pequeño tramo de roca para llegar hasta ella.




Pteronotus ¿parellii?

Esta vez no hay boas, pero una gran cantidad de murciélagos (identificamos los hematófagos Desmodus rotundus, que se alimenta de la sangre del ganado, y unos insectívoros del género Pteronotus, probablemente P. parnellii) cubren los techos de la cueva y el espectáculo merece la pena.





Seguimos río abajo para encontrarnos con el cuñado de nuestro guía, que nos espera con una balsa inflable en la que llevaremos a Sahara y las cosas que no se pueden mojar, como cámaras y prismáticos. Desde este punto comenzamos el descenso que, aunque para muy principiantes, nos hace pasárnoslo muy bien. Como dijo Sahara en su momento, se lo pasó de miedo, tanto en la balsa inflable, con la que bajaba los rápidos sin ayuda, como dejándose llevar por la corriente con la ayuda del chaleco salvavidas. Según sus propias palabras, lo repetiría todos los días sin cansarse nunca.


Por nuestra parte, también disfrutamos un montón, caminando, nadando y dejándonos arrastrar por la corriente, además de flipar bastante con el sinuoso paisaje fluvial que vamos descubriendo, pues las paredes de hasta 150 metros de altura en algunos puntos se acercan en ocasiones hasta casi tocarse, cerrando totalmente la visión del cielo y evitando que la luz del sol llegue hasta el agua.




 Durante el recorrido encontramos una pequeña serpiente inofensiva (Senticolis triaspis) con la que disfrutamos un rato (además de salvarle la vida, ya que los guías se armaron rápidamente de piedras con las que aplastarle la cabeza. Afortunadamente, el cliente es el que manda y si nosotros decimos que no se mata, no se mata).




Al final pasó lo que tenía que pasar y salimos del río ya casi de noche, con lo que perdimos hace rato el último bus que podía llevarnos de vuelta al pueblo de Somoto. Intentamos agarrar un taxi o hacer dedo en la carretera, pues hemos dejado reservada una habitación en el hotel que nos hizo el favor de guardarnos las mochilas y hacernos un precio especial. Pero por esta carretera tampoco pasa nadie y, tras un buen rato de espera y un par de coches que nos ignoran, conseguimos llamar al hotel (no fue fácil conseguir el número, un teléfono, etc) y cambiar nuestra reserva para mañana. Esta noche dormiremos en la cabaña de huéspedes de nuestro guía.



Otro día en el cañón, y decidimos ocuparlo en explorar el último trozo que nos queda, en la parte situada hacia arriba de la cueva de ayer. Esta vez vamos solos, Bayardo nos presta un par de chalecos y Sahara se queda en su casa jugando con su nieta Daviana, pues se han hecho buenos amigos.



Vemos algunos pájaros, una iguana nueva (Ctenosaura quinquecarinata) y, como ayer, bastantes rastros de nutria, y pasamos buenos ratos intentando (y consiguiendo) que no se nos mojen las cosas en las pozas en las que hay que nadar. Para ello, primero recogemos una cámara de rueda hinchada en la que Carmen se subió con la mochila encima y luego –ya que la rueda tenía dueño- hacemos una balsa con su propio cuerpo y los dos chalecos, en ambos casos remolcándola a nado yo mismo.


Observamos más murciélagos, esta vez de la especie Rhinchonycteris naso, que descansan colgados en las paredes de piedra a poca distancia del agua.


Después de estos interesantes (y entretenidos) días en el Cañón de Somoto, seguimos nuestro viaje en busca de la migración de rapaces mexicana, a donde cada vez nos acercamos un poquito más, aunque pensamos hacer un par de paradas en El Salvador, único país que probablemente no volvamos a pisar durante el viaje de vuelta hacia el sur.  




                               
Catedral de Granada


                                 Extraño fenómeno lumínico que vemos desde el autobús en Managua:




En el cañón de Somoto: 












Araña acuática
                                          La familia de Bayardo:





                                                   Y algunos vídeos:
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