lunes, 29 de octubre de 2012


CAMINO DE VERACRUZ. PEQUEÑOS DESCANSOS EN GUATEMALA Y CHIAPAS (MÉXICO)


Mujeres Mam (y una infiltrada)


En el triciclo fronterizo (y también cogió Carmen)
Cruzamos la frontera salvadoreño-guatemalteca sin mayores contratiempos, cambiamos dinero e intentamos coger un colectivo hacia Escuintla. Y digo intentamos porque lo vimos de lejos e incluso lo perseguimos con el triciclo que nos trasladó en el par de kilómetros que separan ambas fronteras, pero se nos escapó; así que una vez más estamos en un arcén con todas nuestras cosas a nuestro alrededor y sin saber muy bien cuál es el siguiente paso que debemos dar.
Decidimos seguir nuestro camino hacia el norte y para ello agarramos el único transporte colectivo que queda por salir hoy, y que nos llevará a Chiquimulilla, a medio camino de donde pensábamos llegar. Para movernos, debemos olvidar una de nuestras reglas no habladas de viaje, que es la de no viajar en autobuses de noche en un país en el que acabamos de entrar y todavía no conocemos, y menos cuando las referencias que tenemos lo desaconsejan.

Esta vez mereció la pena, pues durante gran parte del trayecto pudimos disfrutar del espectáculo de luces que miles (seguramente cientos de miles) de luciérnagas nos ofrecen desde los campos de cultivo que bordean la carretera por ambos lados. Nunca antes habíamos visto nada parecido. A lo largo de decenas de kilómetros estas luces se encendían y apagaban formando pequeñas constelaciones terrestres que, en ocasiones, estaban compuestas simultáneamente por cientos de puntos de luz.

Autobuses en la terminal de Quetzaltenango
Llegamos a Chiquimulilla y buscamos alojamiento entre las pensiones baratas que nos recomiendan donde nos deja el bus. Es sábado y es tarde, pero nos sorprende que en las tres que preguntamos nos digan que están completas. Sospechamos que nos boicotean y Carmen decide volver a la pensión Galicia, la primera en la que preguntamos y donde vimos multitud de habitaciones abiertas (y seguramente vacías), y presionar un poco a ver si nos alquilan algo.
La experiencia es un grado, y en esto de la presión Carmen ya tiene un máster, así que en pocos minutos estamos instalados en una habitación, la más cutre en la que hemos estado en todo el viaje -somieres reventados y parcheados con cartón, colchones rompeespaldas, obsolescencia endémica (no quiero ni pensar lo que habrán visto estas paredes) y pulgas o chinches-, aunque al menos no nos estafan y también es la más barata. Es lo que tiene no poder elegir…

Tras la negociación salimos a cenar y nos paramos en un puesto de carnitas a la brasa a una decenas de metros de la puerta de nuestro “hotel”. Pedimos, nos sentamos y, al momento, escuchamos un tiro a poca distancia en la dirección en la que íbamos antes de pararnos. Estampida general y la gente de la calle se mete en el local, aunque pronto regresa la normalidad. Estamos avisados acerca de esto. Al parecer, tanto en Guatemala como en Honduras los tiros son habituales y el personal camina con un arma al cinto como si tal cosa. Lo comprobamos en este mismo momento, cuando ojeamos un periódico local repleto de noticias de tiroteos, agresiones con arma blanca (machetes sobre todo) y asesinatos, y más tarde cuando vemos a gente común con una pistola en el cinturón. Muy tranquilizador, pero tendremos cuidado.

Catedral de Quetzaltenango
Por la mañana seguimos nuestro camino, y tardamos prácticamente todo el día para recorrer los 200 o 300 kilómetros que nos separan de Quetzaltenango, ciudad a la que llegamos ya de noche acompañados de un torrencial aguacero. En el trayecto hasta el hotel más cercano, nos calamos hasta los huesos, pero afortunadamente el sitio es todo un lujo en comparación con el de ayer (tres camas estupendas, baño y tele privados, agua caliente, internet), y conseguimos un buen precio para las siguientes tres noches que nos quedaremos aquí.  


Sahara y Ali, una de sus amigas en el hotel

Nuestro principal objetivo es descansar un poco y reponer fuerzas antes de continuar camino, ya que estas etapas en autobús se hacen un poco duras y bastante largas, y todavía nos quedan algunas por delante.
 Además, en el hotel hay un par de niñas con las que Sahara hace muy buenas migas.




Mujeres charlando en la calle


Quetzaltenango es una ciudad de montaña de las tierras altas con una fuerte presencia indígena, principalmente de las etnias K´iché y Mam, cuyos representantes aportan una nota de color a estas calles con sus vestimentas tradicionales. También es la segunda ciudad más importante del país, pero en los pocos días que pasamos en Xela (como también se conoce a Quetzaltenango) no lo notamos en absoluto, aunque tampoco es que nos movamos demasiado de las cercanías de nuestro alojamiento, muy bien situado en el centro de la ciudad.





Carmen y Sahara asomados a la ventanilla de nuestro autobús
El día 2 de octubre hacemos una excursión a la laguna Chicabal, situada dentro del cráter del mismo nombre y lugar sagrado en la cosmovisión Maya-Mam. Para llegar, salimos en un autobús hacia San Martín Sacatepéquez o Chile Verde, a unos 25 kms de Xela, pero a más de una hora en transporte público. A medida que nos vamos acercando (y se va haciendo más tarde), el cielo se va encapotando y el día luminoso que teníamos se oscurece poco a poco.



Vistiendo a la invitada a la manera tradicional

Llegamos a Chile Verde y comenzamos a caminar ladera arriba hacia la laguna, a pesar de que el cráter ya se ve totalmente cubierto por la niebla. De camino, nos acercamos a pedir permiso para hacer una foto a una chica en la puerta de su casa, y una cosa lleva a la otra, de forma que terminamos dentro de la casa compartiendo una comida con toda la familia, no sin antes retratarlas y retratarnos con ellas, ver como elaboran sus huipiles con un telar tradicional y dejar que vistan a Carmen con sus ropas típicas (algo que ya se está convirtiendo en una costumbre en algunos de nuestros viajes).




María tejiendo un huipil

Mientras estamos en esta casa comienza la lluvia, de forma que al final ni siquiera intentamos la ascensión hasta la laguna, pero aprovechamos la estancia con nuestras nuevas amigas hasta que decidimos volver a Quetzaltenango después de nuestro frustrado paseo y de este tímido acercamiento a la cultura local.



Permanecemos en la ciudad una noche más antes de seguir nuestro viaje camino de otra frontera, esta vez la mexicana. Una vez más el trayecto, aunque no muy largo, dura todo el día, ya que llegamos a San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, ya cerca de la medianoche.
Mujer indígena en Chiapas
Nueva parada técnica de un par de noches en la ciudad antes de seguir hacia Veracruz. Entre algún pequeño paseo por el pueblo, muy agradable por cierto, conocemos a alguna gente de Pronatura en el sur (nosotros nos dirigimos a colaborar con Pronatura Veracruz) y Carmen sale nuestra última mañana  a ver pájaros con ellos en una pequeña reserva cerca de esta ciudad, en la que vio un buen número de especies nuevas, entre ellos varias parvadas (bandadas) de paseriformes migratorios.

Salimos en otro autobús hacia nuestro siguiente destino, aunque tendremos que hacer un transbordo en el camino, ya cerca de nuestra meta. Hacemos esto ya que el precio del autobús directo es de más del doble que el que nos dejará en La Tinaja para coger otro transporte hasta Veracruz, así que nos resignamos a esperar casi tres horas para coger nuestro enlace desde que llegamos a La Tinaja de madrugada. 



Calle de Xela, con un volcán al fondo y la catedral a la izquierda

Mujer Mam en las calles de Xela

Mercado

Terminal de autobuses

Vistiendo a Carmen con ropas tradicionales


"Mujer Mam" 

María se quiso fotografiar conmigo

Y Carmen también

Risas probando los prismáticos 

La pequeña de la familia

Erik de Pronatura, con San Cristobal de las Casas al fondo

Niñas indígenas en Chiapas

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