martes, 11 de junio de 2013

CAYE CAULKER. CONTACTO ÍNTIMO CON EL MAR EN BELIZE


Alguna de la fauna marina vista en Caye Caulker. Banco de jureles, tiburones nodriza, raya y tortuga verde.



La llegada


Pasando el tiempo en Chetumal, mientras esperamos el water-taxi

Nuestro primer destino en Belize y el lugar al que llegamos en el barco desde Chetumal el día 15 de abril por la noche es Caye Caulker, uno de los hermosos y tranquilos cayos del norte del país.
El trayecto en el water taxi, como llaman a las lanchas que realizan este recorrido internacional, no fue muy largo, y tras una corta parada en San Pedro (Ambergris Caye) para sellar la entrada al país en nuestros pasaportes y pasar los controles aduaneros, atracamos en el pequeño embarcadero de la isla, ya completamente de noche.

Calle principal en Caye Caulker
Durante el trayecto conocimos a Tibor (o tiburón, como le conocen sus amigos mexicanos), un acróbata húngaro residente en Tulum, donde trabaja realizando espectáculos circenses en los hoteles y como guía submarino en un club de buceo. Tibor viene a bucear en el Blue Hole, el máximo reclamo turístico de la costa beliceña entre los buceadores, y ya conoce la isla, así que nos da algunas indicaciones antes de separarnos y encaminarnos a nuestros respectivos alojamientos para pasar la noche. Poco más tarde, Tibor aparecerá en nuestro hostel, donde seremos vecinos durante unos días.

El alojamiento


Después de deambular un poco por las calles cercanas al embarcadero, localizamos el hostel Bella´s Backpackers, en el que se quedaron nuestros compañeros argentinos Rafa y Nati durante su estancia en la isla y el cual nos recomendaron por Internet.

Bella´s Backpackers. Nuestra tienda se ve al fondo.
Después de consultar las diferentes opciones de alojamiento disponibles, decidimos optar por la acampada, mucho más económica, así que montamos nuestra tienda junto a un cocotero en una esquina de la propiedad.
El lugar es muy agradable, con gran cantidad de viajeros de distintas partes del mundo, y dispone de Internet, cocina comunitaria, zona de hamacas, y bicicletas y canoas gratuitas disponibles para los huéspedes, así que no tenemos ninguna duda de que estamos en uno de los mejores lugares que podríamos encontrar en este cayo.

No teníamos planeado nada en concreto en relación con la duración de la estancia en Caye Caulker, pero la isla está tan bien y nos encontramos tan a gusto en el Bella´s y entre la gente que conocimos aquí, que nos quedamos una semana entera, y solamente nos vamos cuando nos avisan desde San Ignacio de que podemos unirnos a una salida al Parque Nacional Chiquibul para colaborar en la protección de nidos de guacamayo rojo (Ara macao).

La isla


Caye Caulker es una isla pequeña, y el pueblo está formado por casas dispersas de madera de planta baja o dos plantas. Un par de calles principales y algunas más transversales forman el núcleo urbano, y el mar es una constante, ya que en pocos minutos se puede cruzar caminando desde una orilla a la opuesta, asomándose al agua hacia el poniente y acto seguido en dirección naciente.


Antiguamente este cayo tenía un mayor tamaño, pero como consecuencia del huracán Hattie, se partió en dos, quedando el pueblo y todas las infraestructuras en la isla sur, mientras que la norte apenas está desarrollada y mantiene una buena representación de la vegetación original, formando parte de un área protegida marítmo-terrestre.

Split, o corte que divide la isla en dos
La vegetación la compone casi exclusivamente el manglar, con alguna especie de conífera formando pequeños bosquetes en algún que otro lugar. Bajo estos manglares, florece la vida acuática en todo su esplendor, actuando sus raíces como guarderías en las que se refugian los alevines de diferentes especies piscícolas del arrecife coralino, que forma parte del segundo más largo del mundo, y que está situado a pocos centenares de metros de la orilla.
El agua es templada y cristalina, con distintos tonos de azules y verdes en función de la composición del fondo, y en la costa oeste, está protegida de las corrientes por la propia presencia de la isla.  


El ritmo de vida


Todo en Caye Caulker invita al relax y la tranquilidad, y sus pobladores han hecho de esta circunstancia un modo de vida en el que incluso las señales y los carteles aconsejan disfrutar de una existencia sin prisas ni grandes preocupaciones.
El transporte en la isla se realiza casi exclusivamente en bicicleta o en carros de golf eléctricos, que también funcionan como taxis, aunque el pequeño tamaño de este cayo permite ir caminando a cualquier parte.


Iglesia Rasta

La población rasta de la isla, practicante de esa religión en muchos casos, y el consumo generalizado de marihuana entre habitantes y visitantes, colaboran para dar a este lugar un sabroso ritmo caribeño que nos transporta en ocasiones a la mítica cuna del reggae, música que se escucha constantemente en los locales y calles de esta apacible población.




La vida social


Como ya dije más arriba, nuestro hostel está rebosante de viajeros mochileros de distintas partes del mundo. Españoles, australianos, mexicanos, israelitas, suecos, húngaros o estadounidenses son algunas de las nacionalidades presentes durante nuestra estancia, lo que hizo que disfrutáramos de una rica vida social.

Bariño y el gringo tocando en un garito

Tibor, de quién ya hablamos antes; Cristofer, un escalador sueco con aspecto de vikingo que fue nuestro vecino de tienda; Carlos, instructor de buceo madrileño con mucho mundo sobre sus espaldas; y Bariño, músico callejero mexicano con mucha alegría y desparpajo; fueron algunos de los personajes con los que tuvimos una mayor relación mientras disfrutamos de la isla.




Con Pato, Rosaura y Camilo
Sahara también tuvo lo suyo, y gracias a él conocimos a Pato, Rosaura y Camilo, una familia de artesano-músico-malabaristas argentinos en la cual el miembro más joven tenía solamente un año menos que nuestro cachorro. Fue sencillo que se hicieran amigos, ya que debían ser los únicos niños que hablaban español en toda la isla, así que desde el primer día pasamos largas horas todos juntos para que los pequeños pudieran disfrutar de compañía, e incluso cuidaron de Sahara durante todo un día mientras nosotros hacíamos una excursión de snorkel.

Por nuestra parte, los papás también nos hicimos amigos, e incluso nos recomendaron un lugar en Bullet Tree, cerca de San Ignacio, en el que podríamos alquilar una cabaña muy barata en caso de necesitarla (recomendación que nos va a venir muy bien en el futuro).

Camilo y Sahara




Por supuesto, también nos relacionamos con los pobladores locales, aunque en este caso es más difícil romper las diferencias culturales y dejar de ser un turista al que se suele ver como un monedero andante, con lo que estas relaciones siempre son más superficiales.





El buceo


Barracuda

Una de las principales razones por las que decidimos empezar nuestra andadura en Belize por uno de sus cayos, es la espectacularidad de sus fondos para la práctica del buceo.

Frente a las costas de este pequeño país se encuentra el segundo mayor arrecife coralino del mundo, el más grande del hemisferio occidental, con una longitud de unos 220 kilómetros (más o menos desde Cancún hasta el Golfo de Honduras) y que permanece en bastante buen estado de conservación. En él habitan cientos de especies de peces y corales, accesibles desde la isla tras un corto viaje en lancha.

La inmersión más famosa es la del Blue Hole, una impresionante sima marina de un penetrante azul oscuro, que contrasta con los tonos más claros que el mar presenta en esta zona.
Las fotos aéreas del lugar son increíbles, aunque según nos han dicho, el buceo dentro del agujero deja bastante que desear, sobre todo teniendo en cuenta los exorbitantes precios que los distintos clubes de buceo cobran por visitarlo.

Nosotros nos decidimos por un par de inmersiones más económicas en las cercanías de nuestro cayo, concretamente en Chapel Canyon Caye. Para llegar aquí, bastan unos minutos de navegación, pero debe superarse la rompiente del arrecife, y entonces un mar que se veía y sentía totalmente en calma, se convierte en una montaña rusa en la que las altas olas entran por todas partes en la embarcación, nos menean y nos empapan de arriba abajo. Para Sahara, al que trajimos con nosotros para que nos espere en el barco mientras buceamos, es toda una aventura de alto riesgo que tardará bastante en olvidar, aunque una vez pasado el susto inicial, nos dice que le gustó mucho.

El paisaje submarino no nos defraudó, con docenas de especies de esponjas (Porifera) y corales (Cnidaria), tanto blandos (como Palytoa sp. o Zoantus sp.) como duros (por ejemplo los géneros Gorgonia, Acropora, Montastrea, Porites, Diploria, Siderastrea, Agaricia o Millepora), de todo tipo de formas y colores; aunque la abundancia de peces no fue la que nosotros esperábamos ni la que hemos visto en otros arrecifes como los de las Islas Similan en Tailandia.
A pesar de esto, vemos barracudas (Sphiraena picudilla, alguna solitaria de más de metro y medio), meros (Epinephelus striatus) de buen tamaño, alguna raya (Dasyatis americana), un par de langostas (Panulirus argus) y una tortuga verde (Chelonya midas) muy grande y otra de carey (Eretmochelys imbricata), además de muchos más peces de menor tamaño. Desgraciadamente, también aquí se nota la presencia del introducido e invasor pez león (Pterois volitans), del que vimos varios individuos.

Entre inmersión e inmersión, nos llevan a snorkelear a una zona en la que tienen cebadas a las rayas y a los tiburones nodriza o gato (Ginglymostoma cirratum), y pasamos un muy buen rato moviéndonos entre elevados números de estas especies piscícolas. Conseguimos que Sahara entrara un rato en el agua con las gafas y viera las rayas, pero la presencia de tantos tiburones y la fuerte corriente hicieron que no quisiera nadar ni separase del barco, y salió a los pocos minutos de meter la cabeza.

Un enlace a un par de vídeos que un compañero de inmersión compartió en la red:

El snorkel


Juni llamando a los peces, coral a flor de agua, nadando con rayas y tortuga verde y rayas comiendo.

Todas las empresas de turismo de Caulker ofrecen un tour de snorkel a la reserva marina de Hol Chan, creada hace alrededor de 30 años con el objetivo de proteger la rica vida marina que allí existe. Son bastante caros, pero nos recomiendan realizarlo con Juni, un señor que lleva buceando más de cincuenta años en la zona y que mantiene una relación muy especial con los peces que habitan en este arrecife. Además, ofrece el tour a mitad de precio que el resto de compañías, así que ya lo tenemos claro...

En el velero. Carmen y Juni

Sahara Ugatz se queda a pasar el día con nuestros amigos argentinos, que se han ofrecido a cuidarlo mientras nosotros estamos en el agua, lo cual es mejor para todos.
Hacemos tres paradas con el pequeño barco de vela en el que salimos hacia el mar, dos de ellas de alrededor de una hora en las que nadamos entre los corales, y otra de unos quince minutos en la que alimentamos a un grupo de rayas, algún tiburón nodriza y muchos peces, entre los que aparece una tortuga verde que nada entre nosotros para ver qué pasa.

Las dos paradas largas son impresionantes. Nadamos literalmente entre los corales, ya que en esta zona están a flor de agua, e incluso tenemos que tener cuidado, pues a veces el oleaje nos empuja hacia algunos de estos afilados corales, que nos rajarían con solo rozarlos. Aquí vemos mucha más diversidad y abundancia de peces que en las inmersiones de buceo del otro día, muchos de los cuales conocen y se acercan a saludar a nuestro guía.



Juni realiza sonidos y movimientos con las manos debajo del agua, lo que provoca que los peces se acerquen y jueguen con él, que los agarra, los acaricia y disfruta con ellos como un niño. De vez en cuando, agarra alguna raya de gran tamaño y nos llama para colocárnosla encima y que nosotros también alucinemos tocándola y nadando un rato con ella. Un gran mero gris acude a su llamada y se restriega contra él como si fuera un perro mimado, y las grandes morenas verdes (Gymnothorax funebris) se dejan coger sin presentar resistencia.

Para terminar, nos lleva a una zona de alimentación de las tortugas verdes en una pradera submarina, donde vemos varios ejemplares de distintos tamaños pastando sobre la arena del fondo.
Felices, volvemos a casa con las velas desplegadas, dejando que el viento nos transporte tranquilamente hasta la isla, en un trayecto de alrededor de una hora de duración.



Pero al llegar, algo ensombrece este fantástico día. Cuando vamos a pagar, el dinero que teníamos preparado para abonar la excursión no está. No es mucho, 150 dólares beliceños, algo menos de 60 euros, pero lo suficiente para estropearnos el día y empañar la magnífica experiencia de hoy. No los hemos perdido, ya que preparamos el dinero justo antes de subirnos a la embarcación, algo que se confirma cuando otra compañera de excursión comenta que también le faltan los 100 dólares que tenía para pagar el tour.

Apenados, sacamos dinero y pagamos la excursión, aunque nos fastidia bastante el que nuestro anfitrión se desentienda de lo ocurrido, insistiendo en que es imposible que alguien haya robado el dinero mientras estábamos en el agua, y que lo más probable es que lo hayamos perdido sin enterarnos (como somos blancos y nos sobra la pasta…).
En fin, tratamos de olvidarlo (después de darle varias vueltas y contárselo a todo el mundo) y de quedarnos con lo bueno de la experiencia, que fue la inmensa cantidad de peces que vimos durante nuestro paseo entre los coloridos corales tropicales de esta reserva marina.

La piragua



Nuestro alojamiento tiene cuatro piraguas que los huéspedes podemos utilizar de forma gratuita siempre que queramos. Y es lo que nosotros hicimos, saliendo a remar diariamente por las claras y templadas aguas que rodean la isla.

Tarpón atlántico
Con estas piraguas recorrimos prácticamente toda la costa oeste de Caye Caulker, tanto en la isla sur como la norte; desde ellas nos bañamos en las zonas con fondos de arena; en ellas paseamos a los niños y también las usamos para ver algo de fauna, pues desde la propia piragua observamos rayas águila moteadas (Aetobatus narinari) y distintas especies de peces, entre los que destacaron los grandes y abundantes ejemplares de tarpón atlántico (Megalops atlanticus) que residen casi bajo el embarcadero del hostel, entre las raices del mangle, donde les vemos cada vez que salimos con la piragua.
También es aquí donde vemos algún cocodrilo de pantano (Crocodylus moreletti) de pequeño tamaño, tomando el sol sobre las tablas del propio embarcadero.

Cristofer con una captura
Un día, mientras remamos en dirección norte por la costa occidental, nos encontramos a Cristofer y al gringo (no recordamos el nombre, pero era un estadounidense de mediana edad que viajaba con un velero y tocaba la guitarra por las noches con Bariño en algunos garitos cercanos a nuestro alojamiento, donde íbamos a verlos algunas noches), que van en lancha en nuestra misma dirección, así que les hacemos señales para que nos remolquen.
Van a pescar con un fusil y una lanza y aprovechamos para acompañarles hacia el norte. Mientras ellos pescan, nosotros remamos e investigamos la orilla, buscando caballitos de mar (Syngnathidae) entre las raices de mangle, aunque sin éxito.

Liebre de mar (Aplysiidae)

De repente, vemos a lo lejos hacia mar abierto algunas aletas, seguidas de algunos saltos de los delfines mulares (Tursiups truncatus), así que remamos en esa dirección lo más rápido que podemos, a ver si tenemos suerte y se nos acercan un poco. A pesar de utilizar todas nuestras fuerzas, no conseguimos acercarnos tanto como esperábamos, y Sahara y yo saltamos al agua para ver si les entra la curiosidad y se acercan a nadar con nosotros.




Sahara inspeccionando el mangle
No hay suerte, y poco a poco se van alejando, cuando nos damos cuenta de que nuestros compañeros ya salieron del agua y navegan hacia el norte, pegados a la costa. Una vez más, remamos con todas nuestras fuerzas, aunque tendremos que hacerles señales sonoras y visuales para que se den cuenta de que no estamos donde nos buscan, sino que vamos siguiéndoles a cierta distancia. La pesca no fue muy buena, la hora ya está algo avanzada y todavía no comimos nada, así que nos remolcan de vuelta al embarcadero del Bella´s, donde damos por concluido el paseo.



Además de todo esto, vemos en la isla algunas especies o subespecies nuevas de aves, como la paloma coroniblanca (Columba leucocephala) o el chipe de manglar (Setophaga petechia erithacorides), y ni que decir tiene que fragatas (Fregata magnificens) y pelícanos (Pelecanus occidentalis), entre otras aves marinas, surcaban el cielo en todo momento.

Nos costó irnos de este paraíso marino en el que nos quedaríamos tranquilamente una semana más, pero lo hicimos de buena gana el día 23 pensando en nuestra nueva aventura tras los guacamayos en el Parque Nacional Chiquibul.

Más fotos de nuestro día de snorkel:

















Carmen agarrando una raya


Carmen, Juni y otra raya

Esta vez la agarro yo

Y Juni juega con ellas...






Carmen nadando con una raya

Otra de Carmen, Juni y una raya










Remando un poco y disfrutando del mar:

















Por la isla:






Con Camilo:





Alguna de bichos:
Fragata

Pagaza Sterna maxima

Águila cangrejera (Buteogallus anthracinus) sobre nuestra tienda

Lagartija

¡Y hasta otra!

Algunos vídeos:
Remando en la piragua:
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Tarpones rodeando la piragua y pescador local:
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Nadando en las aguas azules y más remadas:
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Paseando en bici:
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Delfines:
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Camino del snorkel:
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Tiburones nodriza:
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Bariño y compañía en concierto:
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1 comentario:

  1. Hola,

    Me ha gustado mucho tu post.
    ¿Como se puede contactar con Juni?
    Voy a hacer un recorrido similar y me gustaria contactar con él.

    Gracias y un saludo,

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